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Signos de guerra

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El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg habla en el Colegio de Europa en Brujas (Bélgica), 4 de marzo de 2021. (Foto: AFP)

La intervención militar de Rusia en Ucrania prologa la reconfiguración del orden mundial. Cualquier escenario que devenga de la tragedia bélica reordenará las relaciones internacionales y esa situación inquieta a quienes se dedican a instituir un sentido común homogéneo a nivel global. La decisión del Kremlin pateó el tablero de una hegemonía exclusiva en la que uno de los actores estatales, Estados Unidos, se arrogaba la prerrogativa de la intervención, la injerencia o la invasión de territorios ajenos a sus fronteras. La ruptura de esa regla implícita por parte de Vladimir Putin –y su sostenimiento a pesar de las amenazas y las sanciones– supone un duro revés para quienes sostienen la creencia en franquicia única de tono imperial.

La intervención militar desplegada en Ucrania –e incluso las negociaciones que se realizan en la frontera de Bielorrusia y Polonia– suponen un doble desafío al sentido común del pensamiento unilateralizado: por un lado derrumba el dogma de la existencia de un único jugador con capacidad para imponer reglas del juego en la arquitectura global; por el otro, exhibe la impotencia de quien se muestra como garante de la seguridad internacional: Washington pugna por demostrar que sus sanciones económicas y financieras son eficaces, mientras queda en evidencia el límite militar advertido por Putin.

Estas son las dos razones por las que se ha desatado una enorme campaña comunicacional, a través de canales institucionales e informales, destinada a imponer un relato único capaz de fingir el liderazgo resquebrajado de la Casa Blanca. Las acciones militares que se desarrollan en el límite oriental de Europa están acompañadas por un bombardeo de propaganda política intencionada, abarrotada de operaciones de guerra cognitiva basadas en informaciones falsas, simulaciones y virtualizaciones de la realidad.

La guerra supone un acto de violencia encaminado a forzar a un contendiente a someterse a determinada voluntad. La comunicación de guerra –desplegada en forma incremental en el último medio siglo– implica una coacción psicológica y cognitiva orientada a adoptar determinados patrones de hostilidad respecto de quien se busca etiquetar como enemigo. Las contiendas bélicas están cada vez más acompañadas de operaciones comunicacionales que se instalan por dentro y por fuera del campo de batalla.

La propagación de contenidos político-militares busca empoderar a uno de los actores en conflicto y desacreditar al oponente: es un proceso de difusión de conceptos orientados a direccionar y/o manipular la opinión pública a través de datos, informaciones o imágenes, con la intencionalidad de favorecer un punto de vista o la posición de uno de los contendientes. Procura, en ese marco, movilizar la confianza, la empatía y la adhesión en relación con uno de los antagonistas, y producir el aborrecimiento y el odio del restante. Esta operación incluye la utilización deliberada de mecanismos de sugestión acordes con las estructuras de significación (previas) existentes en una sociedad.

La primera etapa de esta guerra comunicacional fue descripta por el coronel Jacques Baud, analista de inteligencia, consultor de la OTAN y ex integrante del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas suizas, en su detallado análisis sobre la construcción de Ucrania como una avanzada de Washington para debilitar a Moscú. Baud fue destinado por la OTAN a Kiev luego de que en 2014 la ultraderecha nacionalista llevara a cabo un golpe de Estado; y recientemente publicó una cronología del conflicto en la publicación del Centro Francés de Investigación e Inteligencia. En su artículo detalla las acciones combinadas, estimuladas por la OTAN, que derivaron en el desenlace trágico que se vive en la actualidad.

Borrar la historia

Entre los mecanismos más utilizados desde 2014 hasta la actualidad figura la des-historización. Ese instrumento comunicacional busca desconectar los actuales sucesos de sus antecedentes e imponer la idea de una medida irracional e intempestiva decidida por Moscú. Para lograr ese sentido dominante, se impuso la invisibilización de los nueve años previos de la represión en el Donbas, de la proscripción del lenguaje ruso como idioma oficial (hablado por aproximadamente el 20% de la población ucraniana), la persecución de los feligreses de la Iglesia Ortodoxa Rusa y la periódica designación –por parte del gobierno de Kiev– de criminales nazis como héroes o próceres. Para ahondar en la sensación de arbitrariedad producida por Moscú, fue imprescindible además silenciar la limpieza étnica en Lugansk y Donetsk, que desde 2014 hasta la actualidad produjo unas 14.000 víctimas.

La conflagración mediática que se desarrolla en la actualidad a nivel global imita –según el coronel español Pedro Baños– “el principal instrumento o elemento del arte de la guerra: el engaño. Y la desinformación es engañar (…) buscan manipular nuestras emociones (…) y lo que se pretende es manipular nuestras decisiones más que nuestros pensamientos”. Para eso se recurre a opinadores ideologizados que elaboran conclusiones sin datos ni información, o se apela a imágenes provenientes de videojuegos, tal cual quedó expuesto con la utilización de War Thunder a principios de marzo.

La propaganda bélica es tanto más eficiente cuando existe una carencia relativa de pensamiento crítico y logra instalarse una explicación única, des-historizada y simplista de los acontecimientos. Es en este marco que la maquinaria mediática global del capitalismo neoliberal manipula la información, apela a noticias falsas y emplea videos trucados para generar una visión totalmente favorable a la OTAN, satanizar a Rusia y a Vladímir Putin. Este mecanismo incluye la oferta de contenidos únicamente favorables a uno de los contendientes, omitiendo aquello que debilita al llamado Occidente, pretendidamente pacífico y democrático.

Ese mismo registro es el que se desespera por omitir el carácter fascista de los nacionalistas ucranianos y lleva a cabo concienzudas sentencias de opinología militar con el objeto de imponer formatos de realidad opuestos al resultado de las operaciones ejecutadas por el Kremlin. Según el mainstream de los panelistas, los rusos se encuentran debilitados, contabilizan muchas bajas y la resistencia ucraniana es muy eficaz.

La propaganda de guerra busca intimidar al enemigo y, al mismo tiempo, exaltar al contendiente considerado virtuoso. Busca invisibilizar determinadas derrotas y amenazar a quienes no repiten el guión oficializado –en este caso el recreado por la OTAN y por Hollywood–. Para esos objetivos se convierte en imprescindible el hostigamiento a todo pensamiento crítico, basado siempre en construcciones intelectuales historiadas. Durante las últimas semanas, los países que se auto-perciben como abiertos a la pluralidad informativa se han dedicado a inhibir la difusión de información alternativa, ante el temor a debatir sobre las complejidades de la conflagración.

El periódico francés Le Figaro eliminó de su portal las investigaciones de la periodista francesa Anne Laure Bonnel, que cubre desde Ucrania el conflicto desde hace un lustro. Los países integrantes de la OTAN, por su parte, prohibieron los portales de noticias rusos bajo la acusación de difundir información falsa. Durante la última semana los organismos de regulación comunicacional españoles intentaron eliminar de la web y las redes sociales a la periodista Inna Afinogenova, de Russia Today, que cuenta con 700.000 seguidores.

El 29 de enero, Inna desenmascaró al portal ElDiario.es, que había realizado una cobertura sobre personas ucranianas residentes en Europa Occidental. Entre los entrevistados, ElDiario.es dialogó con Sonia Barabasch, a quien se presentó como la hija de una víctima de las ansias imperiales rusas. Su padre, integrante de la 14ª División de Granaderos Waffen-SS, eludió los juicios de Nuremberg al unirse en matrimonio con una asturiana y recibir la consabida protección del caudillo Francisco Franco. En la entrevista, en la que se asumía como víctima, Sonia afirmaba que su padre emigró a España “tras luchar contra las URSS por una Ucrania libre”, razón por la que fue condecorado pocos años atrás por el actual Estado ucraniano posterior al Maidán, con la misma consideración que se le otorgó a Stepán Bandera. Una vez que Inna descorrió el velo de la ignorancia, se lanzó una feroz campaña para bloquear a Russia TV de todos los soportes mediáticos de transmisión.

La guerra comunicacional incluye la creciente virtualización de contenidos que poseen una capacidad inédita de engañar al receptor. Las aplicaciones basadas en Inteligencia Artificial (IT), que se emplean para modificar la realidad o imponer versiones de ella ajenas a los sucesos, representan un gran peligro para aquellos que desconocen las nuevas innovaciones de invención, adulteración y falsificación que se están manipulando para captar conciencias al servicio de la promoción del odio o la acumulación de empatías con los intereses de las corporaciones trasnacionales. Esto es lo que se está manipulando en la actualidad: se modifican rostros, se yuxtaponen videos de otros conflictos, se suplantan signos identificatorios de los uniformes de los contendientes, se propagan fotos de bombardeos en otras latitudes y se inventan declaraciones con subtitulados falsos.

Construir la imagen

Según Jonas Bendiksen, uno de los más reconocidos fotoperiodistas de la agencia Magnum, la cultura de la fake news “ha entrado de lleno en el mundo de la imagen”. En su reciente publicación, The Book of Veles ha puesto en evidencia cómo se intervienen las fotos en la actualidad y cómo es utilizado el engaño para persuadir y redireccionar las emociones en pos de intereses corporativos. En septiembre del año pasado, Bendiksen sorprendió a sus colegas de la agencia Magnum al revelar que su libro era el producto de un engaño basado en fotografías manipuladas digitalmente y en textos vomitados por la IT.

Ninguno de los fotógrafos responsables del afamado festival Visa Pour l’Image –cuya edición se celebró tiempo después de publicado el libro– se dio cuenta de la falsedad que conllevaba el texto. La conclusión la conocen bien quienes promueven las operaciones de guerra comunicacional: la imagen ya no vale más que mil palabras. Pero es lucrativa para atrapar conciencias.

Uno de los principales recursos de la mediatización bélica es la simplificación. La cosificación del enemigo, tratado como un ente único capaz de rectar todos los sentimientos negativos: “La propaganda –afirma Alejandro Pizarroso– debe concentrarse en un solo objetivo: (…) hay que localizar un enemigo –una persona, un grupo, un país– y contra él concentrar todos los argumentos. Para debilitar la causa del adversario, hay que “demonizar al líder enemigo, presentarlo como un ser inmundo que hay que derribar, como el último de los dinosaurios, como un loco, un bárbaro, un criminal diabólico, un carnicero, un perturbador de la paz, un enemigo de la Humanidad, un monstruo”.

Este es el marco desde el cual se trata de infundir rechazo emocional respecto a los déspotas del Kremlin y/o las oligarquías rusas, buscando legitimar las sanciones por parte de quienes se presentan como los protectores de la humanidad. En los últimos 70 años, ningún medio se ha referido a un mandatario de la manera que lo han hecho con el gobernante ruso. En un excelente texto del investigador ecuatoriano Dax Toscano se recopilan las imputaciones realizadas contra el Presidente Putin en los últimos meses. Entre ellas figuran las pronunciadas por Joe Biden el 17 de marzo de 2021, cuando definió al gobernante ruso como un asesino, y las proferidas una semana atrás, cuando lo definió como un “criminal de guerra”.

Ninguno de esos graves epítetos fue enunciado desde el mainstream mediático corporativo para catalogar a las acciones militares llevadas a cabo durante el último siglo por los Estados Unidos: en 1945, cuando la Alemania Nazi se había rendido incondicionalmente, el Presidente Harry Truman ordenó el lanzamiento sobre población civil de dos bombas atómicas –en Hiroshima y Nagasaki–, provocando la muerte de medio millón de ciudadanos. Dicho crimen de lesa humanidad se produjo como advertencia al resto del mundo, sobre todo a la Unión Soviética, sobre el sistema mundial que pretendía imponerse en la posguerra.

Un lustro después, durante la Guerra de Corea, el mismo Truman ordenó el bombardeo de población civil, lanzando 635.000 toneladas de bombas y produciendo casi dos millones de muertos. Una década después, Lyndon Johnson y Richard Nixon utilizaron armas químicas como el napalm y el agente naranja para exterminar a un millón de personas. El número de víctimas en Irak, Afganistán, Yemen y Libia –correlatos de la “guerra contra el terrorismo”– asciende a siete millones de personas desplazadas y 3 millones que perdieron sus vidas.

En 1991 el filósofo Jean Baudrillard publicó tres ensayos en el periódico Libération que luego conformaron un texto unificado titulado La guerra del Golfo no ha tenido lugar. En aquella ocasión los bombardeos sobre población civil en Irak se sucedían sin que se evidenciara ninguna tragedia, mutilación o mancha de sangre sobre el terreno. Años después, Julian Assange rescató la intrínseca crueldad de la guerra al difundir los documentos de las operaciones militares de Estados Unidos en Afganistán. Por exhibir verdades de crudeza aterradora permanece detenido desde hace diez años.

La actual guerra en Ucrania aparece, a diferencia de lo que observó Baudrillard, como sobre-presentada por múltiples imágenes y relatos cuya simulación no apunta a ocultar la tragedia sino a confundir para ocultar una muy probable derrota del discurso neoliberal de cariz occidental. El nuevo orden mundial que devendrá de esta conflagración incluirá a China como uno de los grandes vencedores. Y requerirá de infinitas producciones de Hollywood para disimular u ocultar dicha mutación.

 

Por Jorge Elbaum
Sociólogo, Dr en Ciencias Económicas. Profesor Universitario. UBA, UNLM, integrante del Llamamiento Argentino Judío.

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