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Los ‘techos’ y ‘suelos’ de Petro y Rodolfo: socio-política ramplona de unas elecciones ansiadas

Los ‘techos’ y ‘suelos’ de Petro y Rodolfo: socio-política ramplona de unas elecciones ansiadas - WWRHDI2MBJAE3GMDRSR7ZMC6PY

Esta es la última semana de un esperado proceso socio-político que por décadas ha suscitado discusión en torno a su devenir. Cambios hubo en la arena política, pero además de la ansiedad en todas las barricadas partidarias ¿qué más trajeron? ¿Cómo entender unas elecciones atípicas en medio de una polarización suficientemente remarcada? ¿qué factores realmente son significativos en una situación que ha tenido intensa influencia mediática? ¿Cuáles son los ‘techos’ y los ‘suelos’ de los candidatos? Aquí algunos elementos de comprensión desde un análisis social y político escueto y agudo.

 

Lo que nos divide: el modelo de gobierno y el horizonte del país

 

Ayer nos dividió la paz, hoy el modelo de gobierno y el horizonte de país. Hay muchos niveles de consciencia al respecto en el electorado. Quienes desde rasgos y vínculos morales hacia los candidatos saben bien que se juegan virtudes o vicios en la política, y participan motivados por afinidades y repulsiones sobre lo que representan los candidatos; quienes desde sus militancias, dirigencias o simpatías, influyen, persuaden, presionan, manipulan, intrigan y, en fin, disputan la escena en un momento en el que la hegemonía se ha fragmentado significativamente. Están aquellos que con empatía racional han tomado posición. También los sujetos históricos separados por las periferias y los supremacismos (comunidades negras, indígenas, campesinas, pobrerías urbanas, desempleados, mujeres, comunidades LGBTQIA+, ecologistas, pacifistas, entre otras). Además los sujetos históricos de la República Señorial (gremios e industrias, servidumbres y patronazgos). Y las elites surgidas con el neoliberalismo en sus espectros legal y criminal (clientelas, mercenarismo).

 

Quizá el concepto de ciudadanía nos impida ver la diversidad de este electorado que no se comprende en las categorías demográficas genéricas. El clientelismo, que es inmenso, no es la estructura única del voto cautivo. Algunas relaciones de servidumbre perduran y median esta elección. Eso que llamábamos uribismo tiene una forma social particular, apenas visible en la penumbra de la hiper-polítización del personaje. Esos electores tienen relación directa con los gremios de palma, caña, con las constructoras, entre muchas riquezas más, cuyos propietarios no solo influyen los votos de los empleados formales, o proveedores, sino de mayordomos, conductores, y de esas familias. Muchas de las bases electorales de Rodolfo son propietarios de medianos comercios y servicios, quienes crecieron en el neoliberalismo gracias al modelo de explotación laboral ‘fácil’ que supuso la política de ‘austeridad’ del Uribato, y aunque no sean derechistas fanáticos, sí sienten amenazados sus cortos privilegios ante una reforma laboral o tributaria. Otros hacen parte de la cadena de suministro de las riquezas de quienes se alinearon con Rodolfo. Propietarios de restaurantes, servitecas, hoteles, talleres, supermercados, que requieren un régimen de salarios bajos para sus ganancias. No sólo los narcos y lavaperros acompañan a Rodolfo, o la clientela del Estado alineada con Duque. Hay un enorme componente de ignorancia y cinismo en el electorado que se liga fácilmente al voto útil anti-petro.

 

Ayer nos dividió el urbismo, hoy lo hace el petrismo. Por una parte Petro pasó a liderar la escena política y el centro no tuvo que dividirse ante el riesgo de asumir otro mandato ‘uribista’, sino ante un nuevo riesgo, el del ‘progresismo’ en el poder, lo cual aceleró el acotamiento de la ambigüedad del centro político, presionando desde antes de primera vuelta su toma de posición siempre tan evasiva. Si bien se mira, quienes no tomaron posición antes de la primera vuelta, hoy son “vagon de cola”. Menos evidente ha sido la codependencia del ati-petrismo con el anti-uribismo, que no les permite divisar los cambios socio-políticos. Las feligresías petristas se ensañaron con el ‘culibajito’, y de esta manera se quedaron pateando un perro muerto -con el respeto de los perros-. No vieron el cambio en las disposiciones políticas. Las feligresías uribistas cambiaron de papado, por su parte, y los perros bravos se calmaron al notar la aritmética de la unidad de derechas en Rodolfo Hernández, aunque no notaron su techo electoral hasta bien entrada esta segunda semana. La ansiedad cundió entonces por todo el espectro político. De alguna manera Sergio Fajardo quedó en una posición individual privilegiada, ausente de esa ansiedad, pero ausente también de la sensibilidad de la gente, rasgo desastroso para un líder, y muy diciente para el centro político.

 

Lo que nos une: la cultura nacional, sus virtudes y vicios politiqueros.

 

Agradezco a Vanessa de La Torre por traer como ejemplo las campañas presidenciales estadounidenses, en las que el ataque personal prima sobre la deliberación. Y no solo las presidenciales, con esos ataques personales se han nutrido muchas otras contiendas políticas “americanas”; también así las industrian han influido la proscripción de legislaciones energéticas o ambientales, e incluso los electores han derrotado a Trump echando mano de ataques personales. No es muy diferente en Colombia, de hecho así es en Europa y América Latina. La contienda va del morbo a la banalidad, y pasa fácilmente por la tragedia y la intriga. Pero si analizamos a nivel socio-político, tanto allá como en Colombia se ha estructurado un derecho de elegir negativo, el cual no guarda una verdadera correspondencia con las aspiraciones políticas de una sociedad que no resuelve sus exclusiones. El derecho y las aspiraciones se disocian, entonces la frustración siempre se anticipa. Creo que eso en gran medida es lo que había otorgado esa alternancia de poder entre demócratas y republicanos en Estados Unidos. También hace parte de un viejo debate entre el voto y el sufragio universal. El “voto en contra” es propio de un elector frustrado, es un voto frustrante. Por ello es tan importante para Colombia que las campañas lleguen al último fin de semana liderando esas emociones. Lo cual para nada es sencillo; es un entorno que no parece que las fanaticadas uribista, centrista y petrista hayan podido comprender. Pero !cuidado¡ toda derrota es escandalosa. El mejor ejemplo nos lo dio quien fuera uno de los mejores senadores de la izquierda colombiana, Jorge E. Robledo, con morbo ruin se dedicó al matoneo electoral como forma de supervivencia política ante su propia debacle. Una suerte de extremo-centrismo de izquierda.

 

Ante la presión por lo que está en juego en esta elección, la segunda vuelta solo permite dos estrategias con posibilidades de ventaja para la disputa electoral: o bien mal hablar del competidor y esperar que coopere equivocándose, lo cual es malísimo para la sociedad, o bien, cooperar y recibir traición del competidor, lo cual es malísimo para el individuo. En ese sentido  ambos candidatos la tienen difícil. Rodolfo sabe que por el talante de sus acompañamientos debe acudir a la primera, pues cooperar con Petro y cooperar con el uribismo fanático le sirvió solo para tomar ventaja en la primera vuelta, ahora simplemente traiciona ese discurso y espera a que Petro se equivoque,  a sabiendas que éste no se ha contenido siempre ante las provocaciones. A Petro le quedan dos en cambio: la misma de su adversario, pero esto le restaría capacidad de atraer nuevos electores; o simplemente cooperar y recibir ataques a costa de perder en las dimensiones individuales del liderazgo, lo cual es grave pues su liderazgo representa mal que bien a las nuevas aspiraciones de la sociedad colombiana, así como a una diversidad de sujetos que deben ser incluidos en la República para afrontar la transición socio-ecológica venidera.

 

La madurez política, incluso la de la “inmadurez”, también nos unen. Quienes fueran vagón de cola hoy comandan la disputa por esa hegemonía fragmentada. Quienes fueran vanguardia hoy acompañan. Como nunca los indeciso han debido tomar posición. La ampliación de las alianzas del Pacto Histórico fue nutriendo el programa y permitió la confluencia de izquierda política e izquierda social, verdadera bisagra de unidad entre izquierdas. El chantaje y la manipulación mediática perdieron terreno. Los periodistas se atrevieron a lo que antes no, y no hablo de los valientes comunicadores populares, sino de los periodistas de la mass media. Los fanatismos perdieron protagonismo. Algo de madurez arribó al escenario. Incluso maduraron la ambigüedad del centro, el vanguardismo de izquierdas y el cinismo de derechas. Petro cedió voz a las mujeres y amplió la vanguardia a los jóvenes. El “santismo” comprendió pronto que debía dividirse entre Petro y el centro, y lo hizo mal que bien a tiempo, pues la tradicional táctica de apostar a todos los caballos no le serviría al estar en juego cosas tan importantes y al los electores no tender a favor de la derecha. Y se desplazó entonces el eje de debate desde la política a la ética, un escenario difícil para las nuevas éticas en un país tan conservador. Vino la ansiedad. Fin de semana en el que muchos anhelarán un trago o un tinto entre amigos para buscar sosiego político.

 

La incertidumbre que nos interpela: ganar, gobernar, cambiar.

 

Aunque cambiar es una de las cuestiones de fondo que se juegan en estas elecciones, el cambio se desdibujó para la segunda vuelta debido a la configuración de las estrategias antes mencionada y a la intensidad mediática puesta a la campaña. El representante del progresismo debió ocupar la incomoda posición de aliado de la institucionalidad republicana, y el del conservadurismo pasó a ocupar el lugar del cambio, aunque sin verdadero éxito por su mismo origen social en el ‘continuismo’. Un lugar del cual difícilmente Rodolfo pueda destrabarse. Petro en cambio tiene ventajas frente a ello, pues en este grado de desarrollo socio-político estar del lado de la institucionalidad republicana no le resta más de lo que le suma. Y el aumento de la participación política ha sido jalonado por el fenómemo Petro desde 2018. Una buena jugada de Petro podría llevarlo al impulso que le falta para aumentar la participación, lo cual no es tan descabellado.

 

¿Pero ganar qué? Primero diré lo más feo. Y lo feo no es otra cosa que un efecto de la política de seguridad democrática, pues si algo bueno hizo el Uribato fue encauzar la parainstitucionalidad, lo cual tuvo un efecto no buscado debido al aplacamiento de la beligerancia contrainsurgente, situación que fue asumida con inteligencia por parte de los movimientos y organizaciones sociales. Los movimientos desde 2005 no han parado de crecer, aun pasando por fases de integración y desintegración van en avance respecto a sus demandas. !Y en contra del plomo que les volean!

 

Ahora lo bello: ganar se hizo premura por la renovación que supuso el progresismo al pensamiento político; quizá más debido al progresismo europeo que al latinoamericano, sobre el cual pesa el prejuicio colonial de que es mero populismo, o política sin contenido programático orgánico.  La izquierda empezó a sentir ánimo de ir más allá del lugar cómodo de ser “testigo de la historia” para luego vivir del criticismo, eterno lugar de oposición. Esa disposición fue fundamental, y debido a la rica diversidad colombiana asumió pronto aspectos ético-territoriales, lo que le impidió ser una simple versión 2.0 del santismo y su realpolitik.

 

Surgió, pues, la Colombia profunda. Avanzó sin partido como vanguardia, debió asumir un Paro Nacional Agrario en 2013 con una política negacionista aunque negociante, unas plataformas de acción divididas desde arriba entre los partidos de izquierda y centro, quienes pescaban ansiosos la subienda de protestas que empezó allí, y la cual ha llegado hasta la revuelta que fue el Paro Nacional de 2021. Algo cambió en la sociedad para que éste último no solo fuera relativamente mayor al paro de 1977, sino para que fuera la mayor revuelta del país desde el Bogotazo. El plebiscito derrotó la arrogancia vanguardista de la izquierda. Allí quedaron los tristes lamentos de un “país de mierda”, y poco a poco surgió la resistencia desde las urbes y campos, y el ánimo cambió al ya conocido “el pueblo no se rinde carajo”. Ahí vamos.

 

Ganar el gobierno, el centro y el futuro.

 

Nos unen tres objetivos a alcanzar como sociedad: ganar el gobierno, obviamente; lograr hegemonía política en el centro; y ganar la representaciones sobre la sociabilidad del futuro inmediato. La primera y en curso está en las conversaciones cotidianas de muchos. Merece un comentario más detallado pues es la razón más inmediata de la ansiedad generalizada.

 

Las encuestas de primera vuelta marcaron las tendencias con un amplio margen de desacierto sobre Rodolfo. No indican bien las cantidades, quizá sí las tendencias. Tómese por ejemplo las encuestas de mayor acierto sobre los candidatos que pasaron a segunda vuelta, estas fueron la de Yanhass de mayo 7 y la de Invamber de mayo 18. Pasando de un desacierto en Rodolfo del 16,15% en la de mayo 7 al 7,25% en la de mayo 18; en el caso de Petro apenas del 0,32% al 0,28% de desacierto; y una media de desacierto del 3,92% y del 1,95% para cualquiera de los seis candidatos considerados. La distancia entre el desacierto sobre Rodolfo respecto a la media fue, pues, de 5,3 puntos equivalentes a 1’136,405 votos aproximadamente; en el caso de Petro la distancia con la media fue de 1,67 puntos, equivalentes a 358.074 votos aproximadamente de desacierto estimado. Estimado, pues el ‘descache’ real fue una subestimación de 1’471.903 votos para Rodolfo y de 177.871 votos aproximadamente para Petro. Ese desequilibrio en la estimación respecto a Rodolfo es sintomático de las expectativas previas a la primera vuelta y ha amplificado el efecto ‘outsider’ que se le atribuye a Rodolfo. También dio la impresión de un techo electoral para Petro aún más restringido que para Rodolfo. Sin embargo en esta situación las sumas no son aritméticas, el electorado no es infinito, la participación política no es tan volátil y la situación tiene nuevas alianzas que no pueden simplemente “cargarse los votos” consigo de lado a lado. Éste es precisamente un indicador que sugiere un posible aumento atípico de la participación política en la segunda vuelta a mi modo de ver. Pues lo que está en juego a diferencia de la reelección de Santos, y la elección de Duque, no es la política de Paz, estratégica para el Estado, sino las demandas sociales más globales, estratégicas para la sociedad.

 

Más a profundidad, sin embargo, los aumentos en la participación electoral se han “desacelerado” en comparación con las elecciones de 2018. Pero si mi hipótesis es verdadera, esto es, si lo definitivo aquí es “lo que está en juego para los electores”, y no tanto la noción de “cambio-continuismo”, un atípico aumento en la participación, aunque pequeño, es esperable. Esto debido a que ya no contamos con el techo sobre el voto de opinión de la reelección de Santos, y tampoco habrá una fuga significativa de voto progresista. Lo natural es la fuga de votos hacia el progresismo, por eso la campaña se centra en el anti-petrismo. En aquella reelección de Santos la participación aumentó 7,9% respecto a la primera vuelta, sin embargo, habíamos tenido una primera vuelta con tremenda merma en la participación: del 9,2% frente a una merma de solo el 0,1% en las correspondientes Legislativas. En esta ocasión, en 2022, las legislativas mermaron en participación un 1,5%, y la primera vuelta aumentó en un típico 0,8%. Venimos de un gobierno bastante ilegítimo, además la izquierda lidera la arena política, los movimientos sociales están en una fase de unidad y diversificación, y los extremismos han sido mal que bien aplacados; también los liderazgos de centro están confundidos y la sociedad colombiana, más deliberativa, cotidianamente impone agenda a los medios de comunicación. Pero es más fácil decrecer que crecer, así como para los candidatos es más fácil errar que acertar en este punto de la contienda. En 2014 fueron 2’595.860 que salieron del escepticismo y aunque no votaron la primera sí lo hicieron en la segunda vuelta. Santos aumentó 136,8% en segunda y Zuluaga solo el 83,5%. El electorado colombiano a pesar de la hegemonia uribista es escéptico, por ello valida fácilmente como verdadero no tanto la verdad como lo que más se le parezca a ésta. Eso y la tradición católica lo hacen también utopista, y participa rápidamente cuando nota que hay esperanza de ganar.

 

No obstante las de 2018 aumentaron el ritmo de crecimiento de la participación justamente luego de una fuerte “desaceleración” que fue la primera vuelta de 2014, segunda gran contienda luego de la traición de Santos a Uribe, pero muy diciente, pues las legislativas habían tenido una leve merma de 0,1%, sugiriendo que la victoria santista se produjo más por una política de alianzas que por una vinculación orgánica con el electorado. Algo semejante ha ocurrido con el voto en blanco, mayor durante las elecciones de Santos (3,4% en 2010 y 3,90% en 2014). El 1,7% de voto en blanco de esta primera vuelta en 2022 es semejante al 1,73% de la primera vuelta de 2018. La tendencia estructural en Colombia es a un aumento del voto en blanco en la segunda vuelta respecto a la primera. En aquel atípico 2014, en cambio disminuyó en 2,09%, y en 2018 aumentó de nuevo en 2,37% para segunda vuelta. De nuevo estamos ante el techo electoral del centro y de la política de alianzas. La elección de 2014 se sintió como un acuerdo de élites aunque con gran disputa por el voto cautivo y el voto de opinión. Por eso fue más significativo el voto en blanco y la participación disminuyó en primera y se recuperó parcialmente para la segunda, pues estuvo en juego una política estratégica del Estado: la guerra de contrainsurgencia. La de 2018 se percibió como un alineamiento de bloques con mayor disputa por el voto de opinión y capacidad de articulación en torno al centro político. En este 2022, en cambio, la política de alianzas marcó el techo electoral, el posicionamiento del centro político le llevó a pasar de protagonista hace cuatro años, a aliado de la izquierda. El centro encontró su techo electoral en la consulta anticorrupción, con una gran aceptación pero con muy poca participación (11’671.420 votos, con una participación del 32,04% del censo electoral) comparable en votación a la sumatoria de derechas que logró Ivan Duque en la segunda vuelta de 2018 (10’398.689 votos, 54,3% y una participación del 54% del censo electoral). La consulta sugirió al centro su capacidad de liderazgo como tercera fuerza, pero no su capacidad de liderazgo social en un entorno en el que la participación aumentaría tanto por el efecto de la decepción frente a la reelección de Santos, como por el naciente liderazgo de la izquierda. Pero el centro no logró tal vinculación y al a final los movimientos sociales no encontrarían reflejo de sus demandas más que en la izquierda al quedar el centro sin maniobra propia más que la política de alianzas que le terminó de dividir.

 

Estimar y pronosticar un aumento en la participación política es muy especulativo, pero pudiera pensarse que si la fractura de la sociedad colombiana corresponde a la magnitud de lo que significó la política de paz en 2014, la participación aumentaría en una cantidad análoga; aunque a diferencia de ese momento la participación de primera vuelta en 2022 aumentó solo marginalmente (0,8%), debido también al efecto del considerable aumento en la participación que fue la primera vuelta de 2018 (14,6%). Sin embargo en la segunda vuelta de 2018 hubo una disminución también marginal del 0,2%, y en la de Santos fue considerable pero luego de una considerable disminución. Escuetamente vale preguntarse si esta coyuntura es más cercana a la reelección de Santos o a la elección de Duque. Sin embargo las alianzas cambiaron desde la elección de Duque. Tampoco es tan cercana a la reelección de Santos por cuanto la fractura hoy es fundamentalmente social y no meramente estatal. El progresismo consolidó una mayoría simple capaz de ganar y liderar el centro. Esa ya es suficiente amenaza para la tradición centrista-bipartisana colombiana.

 

La comparación permite dibujar, empero, unas líneas de análisis válidas. En tanto la fractura es social, todo aumento de participación afecta directamente al continuismo de Rodolfo y favorece a Petro. En 2018 muchos votos de centro se fueron al blanco, hoy Petro logró mayor apoyo en el centro, así que parte de esa fuga quedó saldada, y lo natural en una situación así sería que los votos indecisos y muchos blancos y de centro se muevan mayoritariamente hacia el progresismo por no encontrar otro aliado a las demandas sociales globales. Respecto a la reelección de Santos, en cambio, por una parte la participación sigue en aumento (aunque marginal), y por otra el santismo se movió más significativamente hacia el progresismo ahora que entonces. De nuevo es viable considerar que la reunión de dispersos en el centro tenga un impacto favorable al aumento de la participación. Si ese aumento se diera, como indican estos rasgos marginales de análisis, pudiera estar en el orden de ambas comparaciones, esto es, una variabilidad entre el 2,7% y el 3,85% en el escenario de que la izquierda mantenga sus nuevas alianzas y sume votos nuevos debido a esas alianzas; también pudiera ser de entre 0,9% y  1,3% en el escenario de que la izquierda no lidere las emociones del electorado efectivamente y, en cambio, solo obtenga un crecimiento ‘vegetativo’ correspondiente al nuevo orden de alianzas; o bien, mayor al 3,85% si en esta situación llena de continuidades y rupturas nuevas y viejas, la izquierda lidera con suficiencia las emociones del electorado y el centro hace lo propio. Cosa que no está pasando en los últimos días y no pasó con mucho acierto en los primeros dos días posteriores a la primera vuelta. Actualmente, sin embargo, el centro no es el mismo de aquellas ocasiones y la izquierda ha entrado en ansiedad por haber priorizado la campaña mediática a segunda vuelta lo que supuso el abandono de las calles.

 

Petro no es de los buenos afectos de las élites bogotanas, y odiado por las elites regionales, no tiene la mermelada estatal para una maniobra tan temeraria como la de Santos. Sin embargo esta situación se compensa con la estructura del voto negativo, por una parte, en la que influye significativamente la sensación de amenaza que representan, diferentemente, ambos candidatos para los electores y, por otra parte, en la consolidación de una base electoral progresista, mayoría simple de una política de alianzas con el centro y de unidad de la izquierda social y la izquierda política, con margenes muy disputados de maniobra legislativa y alianzas naturales en el congreso de un tamaño semejante al de su propia bancada. ¡Y con una base electoral dispuesta a consolidarse! Puede ser esta situación el inicio de una alianza política nueva, el inicio del progresismo, o simplemente la inercia alejará a la izquierda del centro y volveremos a nuestra acostumbrada hegemonía señorial ¡Viva Polombia, o le pego su tiro! Lo que sí queda claro es que por por ser república señorial, por la diversidad, y por la tradición, el lenguaje políticamente correcto tiene grandes limitaciones para la comunicación con el electorado  naturalmente más distal al progresismo. Y cómo no, si la patanería de país que hemos sido no le da mucha cabida a nuevas éticas.

 

Petro aumentó la base electoral ampliamente con las alianzas hechas antes de la primera vuelta. Propuso su táctica de #CambioEnPrimera influido por la prensa internacional y motivado, creo, por una necesidad de liderazgo más arriesgado. Con ella presionó a que los demás sectores políticos ‘mostraran su juego’, o parte de éste. La tusa de esa expectativa tan alta, sin duda, pasó pronto, y si bien estas dos semanas han sido de afanosa consecución de nuevos votos, y de persuasión a votantes de derecha y de centro, hoy arribamos a una ansiedad generalizada en ambas campañas. Por su parte Rodolfo sigue acumulando alianzas en las bases sociales de la Repúbica Señorial (amplias canteras de voto cautivo), mientras el centro que se movió hacia el anti-petrismo se dedica sabotear el proyecto progresista.

 

Si esta hipótesis de un creciente aumento en la participación tiene ‘suelos’ socio-políticos como lo quiero sugerir aquí, aunque haya una desaceleración en el ritmo creciente de participación desde 2018, no obstante puede haber un nuevo incremento debido a “lo que está en juego” con esta elección. Hipótesis que le daría mayor probabilidad de crecimiento a Petro que a Rodolfo. Recordemos que Uribe ganó en primera vuelta aunque sobre la base de una merma en la participación electoral (-8,2% en 2002 y un típico 1,4% en 2006). Es decir, lo atípico de estas elecciones pudiera no estar referido solo la ruptura de ‘techos’ electorales, sino la reorganización de sus suelos. Las movidas de la sociedad que los políticos no notaron.

 

Es así que el 1,7% de votos en blanco de esta primera vuelta en 2022, muy típico desde el uribato, indica otro límite pero en esta ocasión perjudica al centro que parece no notarlo, y claro a Rodolfo, quien desde la primera vuelta no tiene de otra que salvar los votos de la sumatoria de derechas y fortalecer el voto útil con el anti-Petrismo, que es la barrera más grande para la izquierda actualmente. Si la hipótesis de la determinación de los ‘techos’ por los ‘suelos’ es real, y debido a las limitaciones de la políticas de alianzas, al descolocamiento del centro, a la renovación de la derecha y al liderazgo de la izquierda, la probabilidad de que el voto en blanco tenga también un comportamiento atípico es mayor, es decir,  que o no aumente más de 2 puntos o incluso que disminuya hasta dos puntos. Aunque las encuestas dicen otra cosa. Esto dependerá mucho de esta última semana de campaña, pues al final de la semana los dos bloques en contienda deberán haber logrado liderar las emociones del electorado de tal manera que los riesgos de cada bloque disminuyan de cara a los comicios.  Para Petro, el mayor riesgo es que el electorado llegue a las urnas con rabia y que predomine el voto útil. Para Rodolfo, es que no logre contener con suficiencia la desbandada de votos de opinión, la cual seguramente no va a detenerse aunque pueda ser peor.

 

El segundo objetivo a ganar, aparte del gobierno, es la hegemonía del centro. Por la incapacidad del Partido Liberal para llegar al gobierno, por la fragmentación de la hegemonía del centro entre sus dirigencias “naturales” y las aspiraciones de sus militancias, tiendo a pensar que esa renovación del centro provendrá de una renovación de tácticas, quizá nuevas formaciones políticas y definitivamente de nuevos liderazgos. La izquierda no tiene la vocación ni la imaginación política para liderar las aspiraciones de los electores de centro más que con alianzas políticas. Pero el centro no ha hecho un verdadero cálculo de la relación directa con los electores. Esta coyuntura, sin embargo, ha puesto en segundo plano la política de alianzas y supone una relación orgánica con el electorado, la cual sí tienen tanto izquierda como derecha. Aun está por verse si la abstención jugará el papel central que siempre ha jugado en contra de la izquierda, o si como conjeturo aquí, habrá un aumento de la participación favorable al progresismo. Por ahora el voto útil y la abstención son problema para Petro, mientras que el voto de opinión, el voto en blanco y la abstención lo son para Rodolfo, aquellos de manera directa y éste indirecta, pues la ventaja sobre Petro no es mayor, y disminuyó en comparación a la elección de Duque.

 

El centro necesita análisis social, pues resulta muy politológico en sus cálculos y pierde de vista que en muchos aspectos primero cambian las sociedades y luego los Estados, o al menos que ésa es una relación de mutua influencia; quizá por eso les sorprenden los acontecimientos, pues no advierten cambios cualitativos en la relación entre electorado, derechos y libertades, y representantes y representaciones políticas. Debo decir con arrogancia, y mis amigos no me dejarán mentir, que desde hace dos años percibí que Rodolfo era el verdadero riesgo para la izquierda, y no el fanatismo uribista. Mi cálculo se basó en observar algunos rasgos de la coyuntura en relación a las alianzas de Rodolfo con el uribato, no tuve estimaciones electorales, solamente un cálculo socio-político en relación a las condiciones a que había devenido la política y la situación de las demandas sociales, así como sobre todo por las disposiciones políticas que abrió el proceso de paz y la unidad de izquierda social y política, con alcances muy bondadosos para el centro. Pero también por la tradición señorial de jugar a dos bandos, siempre quemando un candidato radical que les asegure las afinidades con los estamentos militares, con el mercenarismo y con el narcotráfico, y apostar a ganar con un candidato de centro-derecha que les asegure las alianzas con las elites económicas del país.

 

El tercer objetivo es más extraño al cálculo, pues el futuro está lleno de consecuencias no buscadas. La búsqueda por la sociabilidad del futuro inmediato no es la disputa de las representaciones, sino de las relaciones socio-políticas que afluyen al poder del Estado: las aspiraciones de los electores en relación a las limitaciones del Estado, los vínculos y disposiciones de la participación política en relación a las dependencias con los estamentos de la República Señorial, las políticas de transición y reforma en relación a la dependencia económica y a la imbricación cultural, los modos de vinculación entre electores y elegidos, las prioridades de las agendas comunes. Pero esto tiene un reto enorme si se gana el ejecutivo, y consiste en construir ordenadamente los acuerdos y la legitimidad de una agenda progresista. Si gana Rodolfo, la pelota vuelve a caer en el campo de los movimientos sociales, aunque ahora con un congreso más favorable y unas alianzas recientes con el centro que pudieran no perdurar igual de estables para la izquierda. Si el progresismo sigue en el camino de la provocación y la ausencia de una agenda de opinión diaria, propia, la salida más viable es preparar la consolidación de esa alianza doble con el centro y con el electorado de base y buscar nuevo candidato para las próximas. Si sale de la frustración estructural, evita la provocación, lidera la agenda de opinión con iniciativa y se dedica a la ampliación de la participación electoral, gana, pues solo le falta un impulso de magnitudes que ya ha demostrado lograr. Si el conservadurismo en torno a Rodolfo sigue el camino de la contienda y la provocación no tiene aún asegurada la victoria, puesto que desde la primera vuelta sus votos de opinión vienen en desbandada, y aunque sigue acumulando en el anti-petrismo, el voto en blanco le afectará considerablemente pues los votos libres del centro tenderán a sus alianzas naturales de izquierda y derecha, pero en la derecha se encuentran bloqueadas en virtud de la acogida por parte de Rodolfo al uribismo fanático y de la estrategia de mal hablar de Petro.

 

Individuo Común

Cristian C. Cartagena
Sociólogo

www.radiomacondo.fm

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