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Investigación Servicio militar convierte jóvenes en máquinas de guerra

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Un Estado que le arrebata jóvenes a los territorios y se los lleva para la guerra, les imparte la doctrina militar, patriarcal y machista con el argumento de defender la patria y mantener la armonía de la sociedad, está condenando a que estos jóvenes sean de caucho, productores de todo tipo de violencia, de mala muerte.

En el momento en que un joven entra a pagar servicio militar en el Ejército Nacional de Colombia, ya sea por voluntad propia o porque lo subieron al camión, lo primero que aprenderá será sobre los rangos jerárquicos, los armamentos, la diferencia entre uniformes, tipos de escuadrones, a desarmar y armar un arma. Luego lo pondrán a hacer pruebas de fuego, entrenamientos en terrenos a campo abierto, entre otras. Dentro de esta rutina diaria, deberán lavar los uniformes, levantarse temprano, entre las 4:30 a 5:30 de la mañana, alistarse y hacer la formación, que también harán para desayunar, almorzar y cenar.

Esto no es para nadie un secreto, la formación militar es bastante estricta, la resistencia física y psicológica de los soldados se mantiene al límite constantemente, porque, según la doctrina castrense, esto les permitirá sobrevivir en los enfrentamientos o vigilar en territorios complejos.

Sin embargo, hay quienes han estado inmersos en esta institución y se han pronunciado de manera abierta frente a las maneras tan arbitrarias en las que forman a los soldados y la precariedad de muchas de las condiciones a las que son sometidos.

Es el caso de Carlos, quien prestó servicio militar por dos años: “Una de las cosas que más me llenó de rabia y me pareció humillante, fue que en algunos días nos sacaban a las 3:00 de la mañana a formar al patio entre gritos y maltratos verbales; debíamos mantenernos firmes hasta las 5:00 o 5:30 de la mañana, cuando salía el sol. Y como teníamos tanto sueño, el cuerpo nos pesaba y sentíamos una sensación desesperante; muchos compañeros se quedaban dormidos y se caían, dándose duro contra el suelo”.

Otra de las cosas por las cuales expresan su inconformismo frente a la formación militar es por las humillaciones y malas palabras a las que los someten sus superiores. Alex, otro reservista, nos comenta: “Allá siempre hay alguien encima tuyo gritando, diciendo lo que tienes que hacer, cómo tienes que hacerlo, cómo te tienes que vestir, cómo tienes que hablar, cómo tienes que pararte, cómo tienes que dirigirte hacia los demás… Es como con una psicología que te inculcan: que primero están ellos y que tu no vales nada”.

Es importante mencionar que el servicio militar para la gran mayoría de los jóvenes termina siendo obligatorio, puesto que muchos no quieren presentarlo, ya sea porque no les gusta la guerra o tienen planes distintos en su vida.

Algunos sienten que cuando pagan el servicio militar cambian sus vidas rotundamente, pues en esta institución les enseñan a obedecer sin cuestionar, a que un superior es quien da las órdenes y se tienen que cumplir, así no les parezcan justas. Les enseñan a disparar un arma en vez de fomentar el estudio y “enseñan a matar, cuando lo que verdaderamente deberían enseñar son valores y cómo ser un buen ciudadano”, argumenta Alex.

Daniel cuenta desde su experiencia que el Ejército lo que hace es cambiarle totalmente la mentalidad al joven: “Te vuelven agresivo, te vuelven vulgar y patán. Es una institución demasiado machista. ¿Por qué machista? Porque a usted en el ejército le degradan a la mujer, a su esposa, su mamá y cualquier mujer que usted conozca en su vida, las tratan de putas y de ahí no las bajan”.

En Colombia, las tasas de violencia hacia la mujer son bastante altas y el Ejército nacional se ha visto involucrado en varias de ellas, según las denuncias de las comunidades y algunos investigadores. Esto debido al adoctrinamiento patriarcal, machista y misógino en la que está inmersa esta institución. Por eso es “normal” escuchar palabras de odio y desprecio hacia la mujer como lo confirman los entrevistados, según ellos para que el soldado obtenga un mayor carácter.

Por otro lado, quienes prestan el servicio reciben una cuarta parte o menos del salario mínimo. La atención en salud es muy precaria, argumentan los entrevistados, pues hacerse exámenes es muy complicado; solo los dejan hacer cuando alguno está casi muriéndose.

Y cuando un soldado muere por cualquier situación, prestando el servicio, el argumento es que “murió defendiendo la patria”. Daniel decidió retirarse antes de culminar con su servicio militar, por problemas de salud que tenía desde antes de ingresar, que informó y fueron ignorados. Manifiesta que en esta institución no se está defendiendo ninguna patria, sino los intereses de algunos gobernantes:

“Se está defendiendo los intereses de superiores, los intereses de personas que se alimentan, viven de la guerra, reciben plata de la guerra, mientras se sacrifican vidas de gente pobre, por una guerra que no tiene causa”.

En el caso de Alex, quien cumplió con el tiempo de servicio militar, no decidió seguir como soldado profesional, porque se dio cuenta que “la ideología y el sistema que ellos manejan, no es para nada humano, y muchas veces van contra los derechos humanos… Me refiero al hecho de que muchas veces los superiores son agresivos, lo golpeaban a uno, dado el caso. O lo mantenían a uno todo un día bajo el sol, como castigo, o toda la noche haciendo ejercicio o “volteando”, sin comer”.

Este tipo de formación no ve a personas, sino instrumentos de guerra: un grupo de hombres adoctrinados que solo reciben órdenes sin derecho a pensar o cuestionar, que son reprimidos en su sentir y convencidos de que el único camino a la estabilidad y armonía social es por medio de la guerra y la doctrina militar, que tiene bases machistas y una estructura totalmente patriarcal y hegemónica.

Se hace imprescindible el análisis de este tipo de formación que reprime y maltrata a quienes deben poner sus vidas en riesgo y que convierte a la mujer como principal víctima de esta guerra, sometiéndola a todo tipo de vejámenes y usándola con desprecio para formar soldados de caucho.

Cuando los jóvenes colombianos están próximos a graduarse del colegio o cumplen los 18 años, los obligan a “aclarar” su situación militar. Se trata de un trámite que parece normal, pero no es así, pues muchos jóvenes se presentan al lugar de la citación y en el tiempo que duran los trámites se sienten reclutados e incluso privados de la libertad, y mientras esperan a hacer los exámenes se sienten humillados, llenos de incertidumbre, desesperanza, sienten que no valen nada y que sus cuerpos son ultrajados.

Ni la salud ni la familia importan

Daniel caminaba por la calle tranquilo, pero su corazón se aceleró cuando lo frenó un soldado del Ejército nacional y le pidió su libreta militar. Le dijo que si no la tenía debía aclarar su situación militar. A Daniel se le enfrío todo su cuerpo, mas sacó valentía para mirar fijamente al soldado y le manifestó que él no tenía necesidad de aclarar su situación militar porque estaba dentro de las excepciones de ley y ya se encontraba en el trámite de la papelería para hacer la legalización de la tarjeta. El soldado lo ignoró, como si su voz no valiera, y le entregó la citación.

El ambiente cultural para este tiempo era decembrino, pero para Daniel era simple y llano, no tenía nada que celebrar; por el contrario, tenía que cumplir una cita con el Ejército nacional y él no quería. Llegó el día, ingresó a la Séptima Brigada y, con seguridad se presentó, porque llevaba sus papeles donde constaban que no era apto; además, mostraban que estaba dentro de las excepciones de ley para “prestar” el servicio militar, por problemas de salud y porque en 2 meses nacería su hija.

Lo recibió un mayor sin mucha empatía. Daniel lo saludó y con formalidad le argumentó que no podía prestar el servicio por motivos de una hernia discal y porque sería papá dentro de muy poco. A este mayor no le importó, ni revisó los papeles.

Investigación Servicio militar convierte jóvenes en máquinas de guerra - puce lazyload Usted ya de acá no se puede ir (le dijo); presente los exámenes, porque usted ya hace parte del Ejército.

Por más que Daniel insistió en su situación, nadie le prestó atención y no tuvo más remedio que resignarse, puesto que, “si se volaba”, le dijeron, lo encarcelarían. Daniel sentía rabia de que lo obligaran a pagar servicio militar, se sentía privado de la libertad, prisionero, amenazado y extorsionado.

Su desesperación e impotencia aumentaban cada segundo, su cabeza no paraba de pensar en que perdería su trabajo y le perjudicarían su hoja de vida, así como a su familia, puesto que su compañera se encontraba sin trabajo y no sabía cómo haría para sobrevivir económicamente. Además, rondaba por su cabeza la idea de recibir en algún instante una llamada donde le dijeran que a su compañera e hija las habrían matado o algo malo les habían hecho, por estar solas y vulnerables, viviendo en un sector sometido al enfrentamiento entre pandillas.

Al fin tuvo la oportunidad de avisarle esta situación a su compañera, que se encontraba afuera. Cuando ella lo vio se llenó de entusiasmo porque volverían a casa, pero quedó estática y perpleja, cuando él le dijo:

–Pasa una tutela al Ejército y al Distrito, porque me están obligando a prestar el servicio–, y dio la vuelta para ingresar de nuevo en la brigada. A ella se le salieron las lágrimas, pero no pudo decir nada más.

Daniel estuvo dos días más en la Séptima Brigada; al tercer día, en la madrugada, se lo llevaron al batallón de Apiay, en la cuarta división. En este batallón se dio cuenta que no era el único con esta situación pues conoció muchos casos donde hicieron mal el procedimiento de ingreso al Ejército: hombres que tenían operaciones, problemas de salud como epilepsia, cardíacos, que serían padres, entre otros.

Incertidumbre, humillación y desesperanza

Andrés tenía dieciocho años cuando cursaba once de bachillerato y estaba a poco tiempo de culminar sus estudios. Todo estaba listo para graduarse, cuando un día, uno de los profesores le entregó una citación a él y a todos los jóvenes de último curso de bachillerato. Entregada la cita, Andrés, junto a sus compañeros, debía presentarse a los 15 días para hacerse los exámenes y mirar si eran aptos para pagar el servicio militar.

Llegó el día y Andrés se presentó al estadio Atanasio Girardot. No llevó almuerzo pensando que no se demoraría mucho tiempo; su pensamiento empezó a cambiar cuando vio la gran cantidad de jóvenes reclutados. En este espacio ni siquiera podía moverse más allá de las gradas o de las tribunas; ir al baño era muy restringido, no podía comprar comida ni agua, ni lo dejaban salir a hacer una llamada para avisar a los familiares que se demoraría más tiempo. Durante las 23 horas que duró el proceso, el Ejército lo hizo sentir inferior, basura, bastardo, imbécil, inservible. Le decían eso a él y a todos los que estaban allí, palabras dañinas proferidas principalmente por militares de alto rango.

Su familia, preocupada, lo llamaba contantemente, al punto que lo estresaron y para no desesperarse más apagó su teléfono. En su tristeza y angustia escuchó varias voces de soldados que le decían: –¿por qué es tan marica y niñita que lo tienen que estar llamando cada 5 minutos?-. Otro le gritó en tono burlón: -Cuando llegue al batallón va a perder contacto con sus seres queridos y amistades, entonces deje de ser tan marica y adáptese de una vez-.

Llamaron a Andrés y a otros jóvenes para realizar el examen médico, les pidieron a todos que se desnudaran y formaran filas de 10 personas, para que empezaran a dar vueltas y vueltas; luego, el médico empezó a revisar a uno por uno: les tocaba sus cuerpos, los testículos, la boca con los mismos guantes, sin importar si alguno tenía una enfermedad y contagiaba a los otros. A Andrés este suceso lo llevó a experimentar sensaciones extrañas, raras, incómodas y a sentir que su cuerpo era ultrajado y ya no era de él, sino que era del médico que lo revisaba.

Era tarde de la noche y solo le faltaba el examen psicológico. Muy cansado escuchaba la voz de un psicólogo del Ejército que decía:

Investigación Servicio militar convierte jóvenes en máquinas de guerra - puce lazyload Voy a sacar la última cartilla- y salió la de él.

En el examen le preguntó:

– ¿Qué representa un arma o qué representa el Ejército para usted?

– Para mí representa violencia.

– ¿Por qué va a representar violencia sí el Ejército Nacional está cuidando a los colombianos?

– De alguna u otra manera están matando a gente, están matando a personas y así sea el Ejército Nacional eso no justifica el asesinato de nadie… y no justifica enfrentarme con otros seres humanos, no soy un humano sino un cuerpo, un instrumento o máquina de guerra.

El examen psicológico le salió negativo. Andrés, tranquilo porque no presentaría servicio militar, se dirigió a reportarse en una minuta y para su sorpresa le tocó esperar otras 5 horas por la fila tan grande. Fueron en total 23 horas de espera y encierro, sin desayunar, sin almorzar ni comer.

Paula Andrea Lainez y Jhon Mario Marín
Analistas
Fuente:Agencia Prensa Rural
www.radiomacondo.fm

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