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El arte de la falsificación sostiene al poder hegemónico

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El poder hegemónico perdió la noción de límites y hace pasar los derechos por su peor momento, con un retroceso solo comparable al momento cúspide de la seguridad democrática, en el que se negaba la existencia de la guerra, se borraba de los informes la palabra conflicto y nada podía ser llamado por su nombre. En el corto periodo del gobierno de todos, se estiraron tanto los límites de las reglas comunes, que se descoyunto el vínculo sociedad-estado y sus terribles consecuencias afectan la vida colectiva, ponen en riesgo las posibilidades de volver a ser un país vivible, e impiden salir del enredo entre la paz esquiva y el terror que regresa.

Para crédulos e incrédulos Colombia no es el país más feliz del mundo y nadie tiene la seguridad de predecir que podrá regresar a casa al final del día sin haber sufrido agresión o daño. Vivir bien es cosa del azar y la fortuna, no del bienestar humano.

Los hechos que contradicen el vivir bien ocurren por miles cada día, el cuerpo y la mente son acechados, atacados, abusados, atracados, robados, asaltados, dañados los bienes, violados, maltratados, sobornados, agredidos y victimas de eventos que niegan la tranquilidad e impiden la convivencia en paz y duradera. Nadie requiere ser pesimista, ni contradictor, para entender que este es el país con mayor desplazamiento del mundo, el campeón del destierro, el primero en la lista del horror por haber asesinado a 230 líderes, lideresas y defensores de derechos en solo 300 días de gobierno y haber matado a 120 excombatientes que confiados en la paz dejaron la lucha armada.

Esas cifras ponen al país en el puesto 145 entre 167 en el índice global de paz, lúgubre posición que lo califica como uno de los más peligrosos del mundo, compartiendo similares condiciones a las de otros pocos a los que los gobernantes de aquí llaman inviables, antidemocráticos y corruptos y muy lejos de Islandia o Finlandia donde a nadie se le ocurriría asesinar a otro por pensar, opinar o ser distintito.

Matemáticamente cada cifra duele, cala en los huesos, por la desgracia de una historia rota y por el asco que produce la muerte y la sevicia de los victimarios, que han llevado a que el país sea acusado de producir el 70% de la cocaína del mundo, que embrutece a más de 300 millones de personas para que pocos puedan hacer lo que les da la gana, incluso hacer depender de su poder la vida de otros. En otras partes saben que la venganza y el odio cada día aquí matan a 33 personas, sexualmente son abusadas 70 mujeres, no menos de dos niños son también asesinados y otros 7 adolescentes se quitan la vida por cuenta propia, quizá para huirle al horror o negarse a seguir haciendo parte de la tragedia, que no es claro si pasa inadvertida o hace parte de un pacto de silencio social no declarado.

Lo determinante para que todo siga igual y tienda a empeorar es que el poder no acoge la verdad como un valor esencial del gobernante y el poder lo enceguece. Afuera de la frontera ese poder escapar a los límites de la verdad y habla con vehemencia de paz, respeto por la vida y estrategias para terminar la corrupción, que se roba casi 10 billones de pesos al año usados para seguir corrompiendo. Adentro proscribe toda acción y pensamiento que trate de paz o derechos y se niega con igual vehemencia a reconocer la sistematicidad de la barbarie que ataca a la paz y los derechos.

Y no se fija que el odio está incrustado en su lenguaje, prácticas y acciones, que sirven de apoyo y patente de corso para el atraco callejero, los abusos de particulares contra particulares, los abusos y excesos policiales y militares y la más inhumana barbarie que se reproduce con ejecuciones extrajudiciales, amenazas, masacres, descuartizamiento de cuerpos y cinismo político para negarlo todo. A estos hechos repudiables se suman infraestructuras públicas roídas con sobrecostos, puentes y edificios que se derrumban solos, pasarelas de contratistas que saquean el erario y festejan sus fechorías con nuevas ofertas de contratos, bufetes de abogados que se hacen llamar respetables para tramitar fórmulas de saqueo al erario y la indecencia de los gobernantes que para sostenerse en el poder mienten.

Colombia no es el país más feliz del mundo, talvez sea el más crédulo de la falsedad que campea en el reino de la mentira que aniquila a la ley y la justicia, y en el que imperan los inmorales que con su comportamiento astuto y taimado acostumbraron al país a que sí alguien los descubre mintiendo nadie se lo tome a mal o a lo sumo los perdone. Esta presente el eco y los rezagos de la cultura traqueta incrustada en el poder por los Escobar, Rodríguez Gacha y Orejuelas, Mancuso y otras mafias de la parapolítica que todavía controlan partes sustanciales del congreso, de los gobiernos locales y de las instituciones, quienes a fuerza de mentir han hecho que se pierdan el honor y la verdad como valores colectivos. Las cifras de beneficio personal son logradas con engaño mediante falsos positivos, falsos judiciales, falsas estadísticas, falsos datos, falsos ranking, informes maquillados y desinformaciones pagadas que impiden entender la realidad para cambiarla y dejar atrás las falsas cuentas oficiales.

El país ha sido sometido a la desconfianza total sobre la esencia de las cosas y los principios, desde políticos e ideológicos hasta físicos, que son completados con una fórmula de psico poder, basado en la moral de ellos (los inmorales) y en infundir temor por lo extraño para permitirse vigilar, controlar y mover a los individuos no desde afuera si no desde adentro, incluso para provocar el suicidio. De esta mezcla de emociones, temores y manipulaciones, resulta la flexibilidad y adaptabilidad que lleva al país al vacío y deja sin esencia a los conceptos, contenidos y significado de las cosas. Estratégicamente el partido de gobierno hace primar la astucia, la hipocresía y la inmoralidad sobre el vació en el que proyectan su proyecto de país sostenido con la falsificación que desencadena procesos de comunicación falsificada y altera el funcionamiento del sistema democrático.

El mismo presidente ya no parece actuar como un peón de su pueblo si no como peón del sistema que sirve a intereses propios y miente para alejarse de las demandas del país. El partido de gobierno interviene, define e influencia la agenda de estado y traza el ritmo, tiempos y conclusiones de los debates actuales centrando su capacidad en desacreditar a sus adversarios y contradictores para imponer su posición hegemónica favorecida por el uso intensivo de medios que replican siempre a su favor. En todo caso como en todo final feliz, de tanto repetirse una falsedad, aunque al inicio parezca verdad, siempre deja un resquicio por el que entra la luz y ojalá entre pronto para retomar el camino que lleva hacia el país en paz, tranquilo y seguro para vivir bien, con bienestar.

Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Barómetro Latinoamericano
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