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Colombia. Contradicciones y fracturas de la hegemonía oligárquica

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En términos generales aunque los sectores uribistas posen de vencedores, su victoria es la síntesis de la colcha de tensiones y contradicciones que han mantenido la inestable alianza inter oligárquica en diferentes ciclos de la historia política del país

El pasado 7 de agosto del 2018 se formalizó el inicio de un nuevo periodo presidencial en medio de un contradictorio escenario lleno de tensiones y fracturas. Pese al optimismo del uribato por el lugar de privilegio que hoy ocupan en la comandancia del poder oligárquico, sus condiciones de hegemonía no dejan de ser por ahora más que contradictorias y parciales, puesto que los factores de poder que les permitió volver a ser Gobierno pueden volverse en contra de no saber estabilizar su administración hegemónica.

El rasgo distintivo del actual momento es la recomposición de la inestable y contradictoria alianza de los sectores oligárquicos, en función de renovar y adecuar el régimen de dominio político a sus intereses más esenciales como sectores dominantes: defender el status quo del régimen capitalista en Colombia, cerrar brechas frente al avance de la socialdemocracia parlamentaria, neutralizar el descontento popular, reprimir la protesta social, desestructurar los movimientos sociales, continuar el liquidacionismo de la izquierda revolucionaria y el anexionismo de la región al imperialismo norteamericano.

El uribato ha forjado en el fuego de la guerra y de la ilegalidad, aunque pretendan fungir como sectores honorables, su génesis está ligada al proceso de lumpenización y degradación de la burguesía colombiana, al oscurantismo ideológico y político que convive con la doctrina de la economía de mercado, la democracia restringida y excluyente, el fanatismo caudillista y el gamonalismo retardatario, terrorista y gansteril.

En términos generales aunque los sectores uribistas posen de vencedores, su victoria es la síntesis de la colcha de tensiones y contradicciones que han mantenido la inestable alianza interoligárquica en diferentes ciclos de la historia política del país.

Los resultados de la pasada treta electoral dejan ver que el triunfo oligárquico se logró bajo la fusión pragmática de los intereses de los gremios económicos del gran capital, la cuota clientelista y electoral de las fuerzas políticas de los sectores dominantes, la connivencia de trabajadores de clase media y de sectores del mundo popular, todos representantes de una alianza de Gobierno que es contradictoria en sí misma por la multiplicidad de intereses que encierra y la dificultad de la nueva gestión presidencial para satisfacer de forma igualitaria cada una de estas fracciones.

A un extremo de este contradictorio bloque, los sectores del capital nacional, articulación de los gremios económicos, ha puesto los puntos cardinales de la política económica que el nuevo régimen de Gobierno deberá seguir, asegurándose para su certidumbre la cuota burocrática de los ministerios y reduciendo su gestión a una supuesta labor tecnicista y economicista, falsamente presentada como no clientelar ni corrupta, enfocada a lograr los máximos beneficios según sus perspectivas de lucro privado.

En otro extremo, los intereses de las clases trabajadoras, clases medias y sectores populares, que hayan o no apoyado el nuevo Gobierno, serán afectados directa e indirectamente por cada una de las políticas económicas del Gobierno y de los sectores privados: reforma tributaria, ajustes salariales, reforma al sistema de salud, al sistema pensional o al sistema educativo, entre otras medidas, que se enfocan a redistribuir entre sectores medios y populares los desequilibrios que generen los ajustes económicos, dirigidos netamente al beneficio privado.

En palabras de la lamentable senadora Paloma Valencia “una cosa es el Gobierno y otra el Centro Democrático”. Pues el Gobierno expresa la fusión corporativista de las distintas fracciones de la oligarquía en torno a una salida de unidad y conveniencia pragmática, que congela o desplaza sus temas de distanciamiento y prioriza otros de interés común para todas las partes, pero no por eso, contradictores e inestables.

Las contradicciones y tensiones que contienen esta forma de hegemonía oligárquica permiten disipar en parte el triunfalismo de los sectores uribistas, quienes pese a presentarse como la fracción de dominio privilegiado deberán consensuar con los sectores del corporativismo oligárquico, aglutinados en los partidos Liberal, Cambio Radical y el Partido Social de la Unidad Nacional, la agenda parlamentaria y las sobras de la clientela burocrática que los gremios económicos dejaron en el plato.

La repercusión de políticas económicas de tipo regresivo impactará la condición de vida de la mayoría de la población de los centros urbanos, lo cual permite dilucidar que dichos sectores puedan radicalizar sus posturas frente al nuevo régimen de acumulación, y que puedan entrar a los circuitos de la protesta y la oposición real, cotidiana y no institucionalizada, sin que ello sea una transacción formal a los partidos de centro izquierda o las estructuras orgánicas de los movimientos sociales y populares, pero sí, un potencial hacia sus posicionamientos como referentes políticos del cambio social.

La implementación de este proyecto oligárquico agudizara conflictos regionales a causa de la continuidad de los patrones de la economía extractivista, que tanta resistencia ha tenido por parte de sectores comunitarios, indígenas, afrodescendientes, campesinos y de trabajadores del campo, con la gravedad que se cuenta con nuevos territorios librados por el acuerdo de paz y la desmovilización de las FARC.EP, que podrán ser vinculados mediante la mega minería, la inversión agroindustrial y mega proyectos de infraestructura a nuevos circuitos globales de valorización de capital.

Si bien, el nuevo Gobierno expresa la articulación de los intereses, contradicciones y tensiones de las fracciones oligárquicas, sectores económicos del capital nacional y extranjero, trabajadores medios y círculos del mundo popular movidos a la derecha en el espectro político nacional, es un bloque implosivo y con diversas oportunidades de fractura, condición que puede ser bien utilizada por la socialdemocracia, los movimientos sociales y populares sobre líneas de disputa y conveniencia mutua, que incentive su articulación unitaria en diferentes formas de convergencia democrática y popular.

 

Resumen Latinoamericano / Giovanny Bermúdez, Tochando Sin Fronteras
www.radiomacondo.fm

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