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Biografía anal de Pedro Almodóvar. El profeta del orgullo gay

En España tras la muerte del dictador Franco se inició un periodo denominado por los historiadores como “el destape”. El destape fue una respuesta a la censura y la represión impuesta por el nacionalcatolicismo.

Se acabaron las verdades absolutas y los dogmas inamovibles. Había llegado la hora de probar la fruta prohibida y disfrutar de los más bajos instintos sin complejos de culpa ni remordimientos.

La juventud de ese entonces eligió la filosofía nihilista como modelo de vida, es decir, “el pasotismo” -paso, paso de todo, tío -dedicándose de lleno la marcha y el desmadre. “a quién le importa lo que yo haga/ a quién le importa lo que yo diga. /Yo soy así y así seguiré/ nunca cambiaré…” Con la llegada de la democracia el pragmatismo burgués mató al ideal revolucionario. Se habían cumplido los objetivos propuestos y ahora entrabamos en la famosa “transición democrática”. Tras 40 años de dictadura los líderes políticos nos convencieron que tendríamos poder de decisión y que nuestra voz sería escuchada. Pero pronto nos dimos cuenta que sólo era un ardid para llenarse los bolsillos a costa de nuestra ingenuidad. Los movimientos sociales que tanta importancia cobraron en la lucha clandestina, se desmovilizaron Esto supuso la quiebra del pensamiento utópico. No te comas el coco, ármate un porro, colega, sírvete un cubata, pon la música a todo volumen y alucina.

El capitalismo se ha empeñado en convertir al sexo en un artículo de primera necesidad. Los consumidores exigen carne, carne fresca y bien adobada. Los medios de comunicación como la radio, la prensa la televisión, el cine, las revistas, amparados en el derecho constitucional de la libertad de expresión se dedican a estimular la libido con el fin de explotar a destajo este filón inagotable.

En esa España profunda habitada por gañanes y paletos ignorantones surgió un personaje que con el paso de los años se convertiría en uno de sus genios más preclaros: Pedro Almodóvar. Un chico pobre pero honrado que emigró a la capital a comerse el mundo y muchas cosas más. ¡y vaya que cosas! El trasgresor por antonomasia, el hereje homosexual que encendió el fuego fatuo de la movida madrileña. Bendito sea el fruto de tu vientre. En aquel Madrid provinciano de los años setentas y ochentas se jugó el parné al todo o nada y por un extraño capricho del destino se transformó en la reinona de la villa y corte.

Pedro Almodóvar no tuvo ningún complejo en salir del armario. -hay que reconocer la casta y el bravío de este hermoso ejemplar- se depiló el cuerpo, se maquilló el rostro y comenzó a usar zapatos de tacón y minifalda. Con un tonito amanerado y ademanes mariposones pronunció su declaración de guerra.

De inmediato, los inquisidores de la España sacrosanta lo señalaron como el anatema infernal del fin del milenio. Almodóvar el exhibicionista por antonomasia, el sátiro, el fauno, el rufián desvergonzado que nos induce a pecar y fornicar, una mente retorcida que nos escupe en la cara lo más degradante de la condición humana: las aberraciones y parafilias, la carne fresca de las rameras exhibida en los escaparates, los prepucios, los falos más prodigiosos, los anos, las vulvas, el monte de Venus, los cuerpos bañados en aceite de coco y la miel en los labios. ¡Aprovechad la ocasión! Todo es válido con tal de apaciguar los espíritus insatisfechos.

Almodóvar nos induce a caer en las más delirantes tentaciones: el cunnilingus, las tetas como melones, los culos bien aderezados, los coños excitados que se abre como una flor de loto, las vergas empalmadas dispuestas a batirse a duelo.

Los principios éticos y morales que nos regían desde épocas inmemoriales se han resquebrajado. ¿Quién iba a pensar que el hijo del arriero de Calzada de Calatrava revolucionaría el séptimo arte y pondría en jaque nuestras tradiciones más vernáculas? ¡Qué paradoja! Su cerebro es una fuente inagotable de inspiración: los orgasmos múltiples y tocamientos libidinosos, los cornudos apaleados, celos, dramas, crímenes, torturas, venganzas, sangre y semen, ríos de semen como marca indeleble de su personalidad.

¡Gloria eterna a nuestro libertador! Sus patologías enfermizas nos incita a sacar ese caníbal que todos llevamos dentro. Sin escrúpulos mancilla la pureza del cuerpo y del alma, el pudor cristiano, la castidad, y hasta la virginidad de María puesta en entredicho. Almodóvar es un iconoclasta que con las depravaciones más procaces rompe los moldes establecidos: un helado de chocolate que se derrite en el pene tieso y furibundo de un efebo, una drag queen que se dedica a mamar el pirulí de su maromo, la loba en celo que aúlla en la madriguera mientras su amante le come la guinda del pastel, el torero que desenfunda su cipote y posee a una manola en el albero. Una fábula antológica jamás escrita.

El mito del macho ibérico, aquellos salvajes prehistóricos de pelo en pecho, cejijuntos y agitanados que se llevaban a las rubias escandinavas al huerto se extingue irremediablemente. ¡oh! que nostalgia de esos días de esplendor cuando los albañiles y camioneros conquistaban con los piropos más obscenos a las damas más estrechas de la alta sociedad. Hoy los chicos afeminados con sus blue jeans ceñidos marcando paquete, la camiseta ajustada a sus bíceps y tríceps, bien engominaditos y bañados en colonia Hamijo enarbolan la bandera del arco iris y se pasean triunfantes por las grandes avenidas.

Los críticos sin ninguna objeción elevaron a Almodóvar a lo más alto del Olimpo. La Academia Francesa no ahorró palabras de elogio: ¡superbe! ¡magnifique! ¡stratosphérique! No seáis tan retrógrados, desinhibíos, tenemos que despojarnos de todos los tabúes para comprender la magnitud de su obra. En sus películas la cámara penetra hasta lo más profundo del ser, eso sí, con mucho aceite y vaselina, y todo a media luz con una copla o un bolero de música de fondo.

Entre manantiales de alcohol y toneladas de coca la flor y nata de la intelectualidad aplaude a rabiar al gurú de la teología liberadora. Las musas, sus divas, sus vampiresas defecan sobre un esclavo sumiso que se arrastra como una lagartija por el suelo, una ninfómana de labios exageradamente protuberantes inicia al danza nupcial, el beso lenguaraz de las lesbianas, las potras arrechas domadas por un gladiador musculoso, las divas, los divos, los marimachos, las rameras, los maricones y ¡qué viva España! un imaginario colectivo que ya hace parte de nuestra identidad.

Los grandes genios son muy maniáticos y en el momento menos esperado nos tienden una celada: los pepinos, la zanahoria y la mantequilla siempre tan recursiva, los tríos, el intercambio de parejas, la cama redonda y el farolillo rojo de los cabarets donde las vedettes embrujan con su lencería fina a los viejos verdes. ¡Qué vivan las orgías y bacanales!

“Si no me dan el Oscar me suicido” llegó a amenazar Almodóvar a la academia. Y Hollywood se postró de rodillas ante sus bravuconadas. Al fin y al cabo el universo Almorovadiano es una clonación de los grandes clásicos del cine americano. Fascinado por el glamour de Marilyn, Elisabeth Taylor, Ava Gardner, Escarlata O´Hara, fanático de William Wyler, Alfred Hitchcock, o Tennessee Williams; imitador del melodrama, la comedia o el thriller que ha aplicado con notable éxito en su simpático karaoke. Este exótico ejemplar manchego se sabe todo los trucos: el voyerismo, el mirar a través del ojo de la cerradura y contemplar escenas escalofriantes: una maricona abierta de piernas en el altar mayor, las ninfas seducidas por un apóstata, Luzbel que desflora a una colegiala, las masturbaciones místicas o el apasionado idilio entre un monje trapense y una muñeca hinchable. ¡Provocador!

¡Bienaventurado seas noble caballero! las universidades más prestigiosas del mundo lo premian con las más altas condecoraciones por su valiosísimo aporte a la cultura universal. Pedro Almodóvar el trasgresor, el exhibicionista, el profanador que deslumbra a las masas con un lenguaje jamás concebido: el verbo hecho carne, el chorizo de Cantimpalos, las migas con champagne, las tetas de silicona, el pene de látex ultrasensual, los consoladores de diseño, el botox que realza los labios de una vampiresa, la madame que se deleita con su perrito faldero, la histeria colectiva de sus actrices y actores, el arte del fetichismo, el foot fetish o el smoking fetish, las braguitas color fucsia que nos ponen cachondos o el tótem fálico de un mandinga que coloca el listón muy pero muy alto.

Almodóvar retrata con destreza las clásicas españoladas: los personajes gritones y horteras y una fauna variopinta de travestis, punkis, rockeros, yonquis, traficantes y camellos. ¡Qué no decaiga la fiesta! más alcohol, anfetaminas, éxtasis, hachís, coca, marihuana y un pico de heroína para endulzar la velada. Gratia plena. No se puede improvisar, todo está perfectamente calculado. Almodóvar ha sabido interpretar a la perfección las aberraciones y depravaciones más sutiles: el enfermero que viola la paciente en coma y la deja embarazada, el chico se masturba en la ventana eyaculando sobre los transeúntes, el exhibicionista que invita a su esposa al lupanar para que observe como se folla una ramera. Desde luego tiene carácter el fenómeno de masas más exitoso de los últimos tiempos.

Almodóvar ha sido merecedor de los más preciados trofeos urbi et orbi: Caballero de la Legión Francesa, el Oscar hollywoodiano, el Cesar, el Goya, la Palma de Oro, Globo de Oro, la Concha de Oro, el premio Príncipe de Asturias de las artes, ¿las artes de la felación y el beso negro? ¿El ano, las vaginas y las tetas? medalla de honor al mérito de las Bellas Artes, y vaya si son bellas las artes: la pedofilia, la sodomía, las parafilias, el onanismo, y como postre la lluvia dorada ¡que apoteosis! Es el cineasta más laureado de todos los tiempos, Doctor Honoris Causa por su inestimable contribución a la cría de machos cabríos y lobas en celo. ¿Cómo aplacar el ego de esta criatura superlativa? los más reputados doctores le consideran el máximo representante de la cultura popular española contemporánea. En sus obras reluce la plástica y la estética más refinada: los culos respingones, chochos ardientes, las pollas en vinagre, felaciones en cadena, amazonas que cabalgan a la grupa de un alazán mulato o el sepulturero que hace el amor con los muertos. ¡Qué tierno! Un estallido orgiástico indescriptible. Más semen y efluvios sexuales, la retórica del himen roto tras el estupro y la sangre de las defloraciones que manchan las sábanas de la suite nupcial, los curas pedófilos que conducen al matadero a las criaturitas más tiernas del redil. No os escandalicéis que todo está consentido y tolerado pues de su noble imaginación brota un universo onírico de una vitalidad arrolladora.

El laureado director  manchego aplica dosis letales de su afrodisiaco favorito: un ama dominante azota con su fusta los glúteos de un esclavo sumiso. Revive la pasión de Cristo que chorrea sangre en la cruz y gime y gime, sufre y sufre, goza y goza hasta la extenuación. Desde luego que el sadomasoquismo debe ser contemplado como materia básica de nuestra educación superior. Almodóvar magistralmente utiliza las metáforas más sublimes para darle versatilidad al hilo conductor de sus películas. Con una trama bien hilvanada nos mantiene en la zozobra. Nerviosos nos comemos las uñas y afiebrados no podemos disimular nuestra calentura.

El icono la España progre se desmelena y saca a relucir toda su irreverencia, la madre del cordero, el prócer del mariquita power posee un karma pervertido y morboso pocas veces descrito. ¡Alto! arriba las manos, abajo las bragas. Tanto frenesí nos deja obnubilados. En las sábanas humedecidas de efluvios sexuales los amantes retozan cual tortolitos practicando las lecciones del kamasutra castizo y en la platea se le caen las babas al personal. Nuestro director es único e indivisible, el español universal lúbrico y concupiscente que brilla con luz propia. Más pelucas y medias veladas, el traje de faralaes, el abanico, las peinetas, las ligas, las cadenas, las correas, los brazaletes y collares, botas de motero, los zapatos de tacón de aguja, los tatuajes camaleónicos, un piercing traspasando la lengua, el rímel que se corre en los ojos llorosos de un travesti, el yonki que se chuta su dosis de “caballo “adulterada. ¡Magistral! La clave radica en estimular la libido y manipular los sentimientos de los Homo Erectus, lobotizar su cerebro, sobreexcitarlos y cuando estén a punto de caramelo ¡zas! que beban de tu manita cual mansos corderitos.

Escrito en letras de oro resplandece en los cines y lupanares el nombre del director de culto idolatrado en los cinco continentes: Pedro Almodóvar. Bulle la testosterona, hierve la progesterona y ansiosos por calmar el voraz apetito de la carne los frígidos y las frígidas, las reprimidas y estrechas, las premenopaúsicas, las menopaúsicas, los eyaculadores precoces y los impotentes se desgarran las vestiduras. Hay que perder el miedo a lo desconocido, cierra los ojos y déjate llevar por las nuevas sensaciones: las trompas de Falopio, el punto g, el incesto, la necrofilia, la zoofilia, y el público se levanta de sus butacas aplaudiendo a rabiar al maestro más vicio, más vicio, por favor, os lo suplico, nuestra sociedad decadente y perniciosa está ávida de bilis y estiércol.

España ya tiene su rey Midas, Almodóvar convierte la caca en oro pues explota toda la riqueza genital que palpita en nuestro inconsciente colectivo, esa furia prehistórica que heredamos del hombre de Atapuerca. Su cerebro sucio y retorcido trasforma las perversiones más soeces en obras de arte. Versos floridos que no admiten comparación e impregnan de un aire fresco el mundo del celuloide: una furcia masturbándose con el teléfono móvil, don Juan que escala la tapia de los conventos y embaraza monjas, una abuela drogadicta que no aguanta el mono y se tira por la ventana del asilo, las relaciones incestuosas, el hijo que está enamorado de su madre, dos transexuales bellamente maquillados que fornican en un sofá Luis XVI, el enfermo de Sida que acaricia con sus manos cadavéricas a una niña tierna. La erótica obsesiva y la violencia sin límites, un asesino que dispara su pistola a bocajarro y le vuela la tapa de los sesos a una fulana ¡surrealista! ¡Oh! esnífate una rayita de coca, dabuti colega y me haces una felación exprés, por fa. Guay. ¡Me cago en Dios! ¡Me cago en la virgen! un lenguaje soez que compite con los autores del siglo de oro español. Los eructos de los gorrinos en el jacuzzi, la pata de jamón roñosa con la que una maruja mata a Caín y el porno duro rompe catres que nos deja patidifusos.

¡Vaya exitazo! el marketing almodovariano arrasa con todo, es un superventas que mueve millones de euros. En las taquillas se cuelga el cartel de no hay entradas. Este proxeneta llena el vacío que nos acongoja y nos pone los dientes largos; reímos, lloramos, odiamos, amamos y follamos como máquinas. La sociedad de consumo exige carne, carne fresca, sangre joven y virginal, más colegialas defloradas, más rameras, homosexuales, transexuales, metrosexuales, hembras adúlteras, cornudos y lunáticos.

Necesitamos sentir más placer “satisfaction” gemir, morder, arañar, chupar, besar, fornicar, y, sobre todo, eyacular …bien pertrechados de palomitas de maíz y a reír a carcajadas contemplando sus melodramas cómico- patéticos. Es tan fácil alcanzar la felicidad, ¿no? Almodóvar es un Dios benévolo y complaciente que exorciza nuestro aburrimiento. Pero también es un juez implacable que condena al españolito heterosexual a la hoguera. El odio hacia el género masculino hierve en su sangre, la sed de venganza le retuerce las entrañas: el macho ibérico merece un castigo ejemplar. Los hombres son monstruos que encarnan el mal. El bien y el mal, los ángeles y demonios, la clásica dicotomía; los buenos son las mujeres; esposa, hija, madre o amante y los homosexuales, claro, las víctimas perseguidas desde tiempos inmemoriales. Los hombres son malos, feos, tontos, locos, esquizofrénicos, oligofrénicos, es decir, los culpables del caos. Si una mujer mata a su marido es una heroína que hace justicia; si un hombre mata a su mujer comete un crimen merecedor de la horca. Los raros son los demás, ¿no? Nuestro director bate las alas y vuela muy, muy alto. Pedro Almodóvar, la divinidad suprema, el sodomita universal. Dadme un pene y moveré la tierra.

Almodóvar es uno de los miembros más prestigiosos del lobby gay o la “mafia rosa” que extiende sus poderosos tentáculos por los sectores más influyentes de nuestra sociedad. Un club reservado a una élite de alto poder adquisitivo y refinamiento exquisito. ¡Qué cuerpazos! ¡Qué músculos! siempre acompañados por un harén de efebos y gigolos que guardan muy bien sus espaldas. ¿Nos tomamos un daiquiri, querido, antes iniciar el coito? Vale. Un espectáculo subvencionado por el Ministerio de Cultura español y la European Commission Culture; millones y millones de euros invertidos en patrocinar “la cultura anal” –“ponte en cuatro chico que estoy cachondo”

Y es que con ese currículum no hay quien se le resista. Según sus biógrafos es el director de cine más original que atraviesa fronteras y cautiva a millones de espectadores con amor, melancolía, ternura y humor. Este castellano manchego lúbrico y generoso ha conseguido una síntesis estética impresionante, retratos valiosísimos de la condición humana expresadas con un lenguaje insuperable: sus monjas toxicómanas, el lesbianismo ilustrado, la parafilia en todas sus variantes, la coprofilia, máster en ciencias clitoridianas, matrícula de honor en necrofilia ¡aleluya! Toda una lección de vida y compromiso social. Gracias a su extensa obra cinematográfica las nuevas generaciones podrán afrontar con mayor seguridad su desarrollo psicomotriz.

El gobierno en pleno, los representantes del poder legislativo, ejecutivo y judicial, los reyes, los príncipes se rinden a sus pies. Se extiende la alfombra roja y un coro de eunucos interpreta loas épicas en su nombre ¡Hosanna en el cielo, bendito el que viene en el nombre del señor! sus depravaciones son memorables, los actos lascivos, el pene, el ano, la lengua, el pubis, la vulva, sus patologías compulsivas de escándalo: el cunnilingus, el beso negro, las bolas chinas. No cabe la menor duda que es un rupturista, un innovador nato que marca un antes y un después en el arte contemporáneo. No seas cateto ponte la mano en la barbilla y lanza un quejío de alabanza, coño, que estás ante el héroe civilizador de la España postmoderna.

“Sí voy a ser mamá. Voy a tener un bebé para jugar con él, para explotarlo bien. Voy a tener un bebé, le vestiré de mujer, le enseñaré a vivir de la prostitución, le enseñaré a matar…” (Almodóvar´s song I) Besos, abrazos, aullidos, platos rotos y no pares no pares chico que ya veo las estrellas, que llego ¡ay loca! que “he bajado a las cloacas y las ratas me dieron su amor” (Almodóvar song II)

Carlos de Urabá 2018

Investigador de Colombia

www.radiomacondo.fm

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