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Ai Weiwei: un artista sin imaginación (y sin memoria)

La sombra del influyente crítico de arte inglés David Sylvester es alargada. Y así lo reconoce el comisario de arte Hans Ulrich Obrist (Zurich, 1968) en su libro Ai Weiwei, Conversaciones (Ed. Gustavo Gili, 2014). De hecho, dice específicamente que Sylvester ha sido “mi modelo y fuente de inspiración para realizar una serie de entrevistas prolongadas con artistas”. Y, ello, por la razón de que la “conversación infinita” ofrece un diálogo recurrente, nos dice el comisario. Se refiere con esto a su serie The interview Project, largas entrevistas que se publicaron en la revista Artforum entre 1996 y 2003.

Ai Weiwei: un artista sin imaginación (y sin memoria) - 9788425225543_06_x-399x600El libro que nos ocupa, y que contiene cinco entrevistas con Ai Weiwei (realizadas entre 2006 y 2010) participa, en parte, de ese espíritu de Sylvester, más en lo que tiene de conversación continuada que no de infinita, pero no forma parte del conjunto de libros de las así llamadas Conversational Series, donde se han incluido volúmenes de entrevistas con artistas como Yoko Ono, Nancy Spero, Olafur Eliasson o Robert Crumb, entre otros.

Se ha de tomar en cuenta, antes que nada y para la correcta apreciación del libro, la posición de Obrist respecto a la obra del artista chino, y es que ésta es de pura fascinación. Así, nos dice que “la figura de Ai Weiwei me recuerda a la de los grandes artistas del Renacimiento”, y llama la atención sobre la idea ampliada del arte que tiene el artista de Beijing. En opinión de Obrist, esta aproximación global “podría compararse a la de Jospeh Beuys en tanto que escultura social interdisciplinal”.

La primera de las entrevistas, como ya dijimos, se realiza en 2006 y, en aquel entonces, contaba Ai Weiwei que China estaba atravesando un momento muy interesante. Y es que, de repente, “el poder y la noción de centro han desaparecido”, decía Ai, “en un sentido universal debido a Internet, la política global y la economía”. De hecho, afirmaba que la tecnología había creado un nuevo mundo (en una entrevista posterior dirá que Internet es el mejor momento de la historia de la humanidad, porque da la oportunidad a los seres humanos de ser independientes). Un mundo nuevo al que él mismo contribuyó con su blog (al que considera como “el dibujo moderno”), que estuvo activo hasta 2009, cuando se lo cerraron. Y no es un asunto baladí, no me refiero al cierre, sino a su repercusión, pues tenía una media de cien mil visitantes diarios. En él, Ai Weiwei publicaba post diarios (con multitud de fotografías, porque “hacer fotografías es como respirar”, dirá el artista chino), sin autocensurarse, y su función era la de producir realidad.

Lo más interesante de esta primera entrevista, a mi parecer, es que Ai Weiwei da dos de las claves de su trabajo. Por un lado, su falta de imaginación (y de memoria) y, por el otro, de su inconsciencia, de cómo sencillamente se limita a hacer cosas “sin pensar en el antes y el después”. Confiesa que no ha estudiado arquitectura y da cuenta de su gusto por las formas de una arquitectura simple, normal y básica (lo que resulta bastante lógico para alguien sin amplias nociones técnicas, claro está) y habla de su falta de vinculación sentimental con la ciudad de su padre, Jinhua, para la que, sin embargo, comisionará un ambicioso proyecto arquitectónico colectivo, junto al estudio Herzog & de Meuron. En aquel entonces, en 2006, confesaba, quizá de una manera un tanto veleidosa (y es que su primera exposición individual se había producido apenas dos años antes), que no pensaba volver al arte (al que tenía semiolvidado por causa de sus proyectos arquitectónicos, pero también por el blog) y que lo único que pretendía por el momento era dedicarse a leer libros.

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Ai Weiwei en conversación con Hans Ulrich Obrist, Serpertine Gallery Map Marathon (2010). Cortesía: Serpentine Galleries

Pero la mención no es del todo gratuita, a pesar de que Ai Weiwei no le haga ascos a eso de lanzar ironías al desgaire, como cuando hacia el final del libro dice que “mi proyecto no realizado sería desaparecer”. Y es que la idea de la literatura es un tema recurrente para Ai Weiwei: “Mi pensamiento se centra más en las ideas”, dice en una entrevista en 2009. No en vano, en su obra -nos confiesa el artista chino- hay una clara influencia de la poesía, gracias a su naturaleza casi religiosa y a su carácter pre-racional y que nos pone en un puro contacto con nuestros sentimientos. Pero nos dirá también cómo es, paradójicamente, el filósofo Wittgenstein quien más ha influido en su concepción de la arquitectura. Y es que decía este sobre los arquitectos (y esta idea es aplicable al arte en su conjunto) que hay algo que distingue a los buenos de los malos: los malos tratan de hacer todo aquello que es posible, en tanto que los buenos tratan de reducir las posibilidades. Cabe destacar, a este respecto, aquello que les dijo Ai Weiwei a los artistas que participaron en su Libro Negro, de 1994, y es que no le interesaba que pintasen un cuadro o una escultura, sino que escribieran algo, algo de lo que pensaban sobre su propio arte.

Esto revela el apego que Ai Weiwei le tiene al pensamiento, a la reflexión, al proceso de elaboración y, por sobre todo, al trabajo inútil, en el sentido de que todo trabajo artístico implica siempre una desmesura en relación a la obra que finalmente se concreta de una manera finita y acabada (en lo que Ai denomina “el rastro” del artista). Pero también revela la influencia de Duchamp en lo que respecta a la idea del artista: “Más una cuestión de estilo de vida y de actitud que de producir objetos”, dice. A lo que añadirá, tal como un statement artístico: “Me tomo el arte muy en serio, pero mi producción no es tan seria y la mayor parte de ella es irónica”.

La relación de Ai Weiwei con la escritura y la literatura tiene, como es natural, raíces más profundas. Y estas tienen que ver con su propio padre, que estudió arte en París en la década de 1930. Al regresar a China, su padre fue encarcelado y durante su encierro de tres años no podía pintar, así que se hizo escritor. Pero la paradoja es que tampoco podía escribir, porque escribir estaba prohibido en la sociedad comunista. Tuvo que quemar todos sus libros y solamente conservó uno: una gran enciclopedia francesa. De alguna manera, consiguió convertirse en una figura importante de la poesía contemporánea y, al final, en sus últimos años, era respetado por sus coetáneos y se convirtió en un poeta muy popular. Quizá, por ello, confesará Ai Weiwei que “escribir es lo que más me gusta”, y es que, para él, la escritura es de todas las actividades humanas la más importante, “pues está relacionada con todas y es una forma que todo el mundo puede comprender”.

Durante las sucesivas entrevistas, el artista nos habla sobre sus comienzos en el mundo del arte, de su marcha a Nueva York en la década de los años ochenta (a sus compañeros de clase les dijo: “quizá, cuando vuelva dentro de diez años, veréis a otro Picasso”), de que el primer libro que leyó allá, en los Estados Unidos, fue el de Mi filosofía de A a B y de B a A, de Warhol, o de que hizo su primera escultura en 1983 (a los veintiséis años). Nos contará también cómo se cambió una decena de veces de casa durante la década que pasó en Nueva York (volvería a China en 1993, por causa de la enfermedad de su padre) y, así, en cada nueva mudanza, nos dice que se veía obligado a tirar sus obras (por no poder llevárselas consigo). Asimismo, nos hace cómplices de su abandono de la pintura, en 1985, y ello porque “cuando empiezo a sentirme cómodo trato de rechazar esa comodidad, de escapar de ella”. Esta característica quizá sea (más allá de las propias revelaciones biográficas, y se ha de decir que muchas de ellas se repiten en las diferentes entrevistas) la más destacable de la personalidad del artista chino, quien se ve a sí mismo como “alguien que desencadena o inicia las cosas”. De hecho, al ser preguntado por su palabra favorita no duda en decir “actuar”.

De las diferentes declaraciones que realiza Ai Weiwei sobre el arte, una en particular me ha puesto a pensar: “El arte, todo arte de calidad, siempre tiene un manifiesto”. Es algo así, en opinión del artista chino, como un anuncio de lo nuevo, pues “una vez has hecho un manifiesto asumes realmente riesgos; debes asumir una determinada posición. Tienes que poder ser señalado, pues esa es la naturaleza propia del manifiesto”. Y llamo la atención sobre esto al calor del reciente Manifiesto Emputao que irónicamente no sirve -explícitamente- para manifestar lo nuevo sino para denunciar viejas prácticas hegemónicas. Es decir, que no anuncia sino que denuncia. Aunque quizá la respuesta a esto nos la dé el propio Ai Weiwei al decir que “particularmente hoy en día, resulta inevitable ser político y social”.

Por J.S. de Montfort
Fuente: artishock.cl

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